Decía Esopo que «cuando el lobo se empeña en tener razón, mueren corderos».
Es curioso con que afán defendemos nuestros argumentos cuando sabemos que tenemos razón. Pero aún los defendemos con más ímpetu si estamos seguros que esa razón es firme, contrastada, común a una gran mayoría de gente que opinaría como nosotros. De hecho, si es así, si estamos seguros al 100% de la verdad de lo que decimos, ya tenemos toda la artillería necesaria para lanzarnos al ruedo cual fieros gladiadores a librar cualquier batalla, por muy dura que sea, contra quien sea; tenemos la mejor espada: la razón. Tenemos el mejor escudo: la razón. Así qué, a luchar contra quien este equivocado hasta que ceda y se rinda a la verdad!! Y, por supuesto, así debe ser. Hay que defender las razones: de eso no cabe duda!! Hasta yo estoy de acuerdo!

El problema es que nuestra razón, cuanto más cierta y potente es, mas veneno puede contener. Hay un hecho intrínseco e inevitable de mi razón: y es que elimina la del otro, o como mínimo, trata de imponerse a la de mi interlocutor. Si, por ejemplo, mi hijo es un poco «trasto» y rompe o descuida cosas con mayor frecuencia de «lo deseable», por supuesto, tengo razón en reprimirle… tantas veces como haga falta. Si le llamo «trasto» tengo un millón de hechos en los que ilustrar esa afirmación sin riesgo alguno de equívoco. Así que, adelante!!! A por él!!! Desgraciadamente «mi razón» , tan perfectamente argumentada, dispara un mecanismo de defensa de mi hijo que automáticamente le lleva a contrarrestar, a mentir, a excusarse, a cabrearse… con el tiempo: a creer ciertamente que «es un trasto».
Al criticar sin parar a alguien hacemos daño. Al criticar sin parar a alguien, cargados de razón, hacemos aun más daño.
He visto centenares de parejas y familias donde la «razón» se usa como un campo de minas donde «el equivocado» pisa constantemente. Donde el estallido de «sus fallos» es directamente proporcional a «las perfectas razones» que le argumentan todos a modo de metralla. Y esa explosión es perfecta: la autoestima colapsará tarde o temprano, sin duda.
Lo peor de tener razón de forma habitual es que conseguirás que tu ser querido tenga clarísimo, en más o menos tiempo, que el/ella NO la tiene. Por tanto que es alguien equivocado. Si ese descubrimiento propicia que «el equivocado» salte en furia o en ansiedad o se deprima, enhorabuena; ya tenemos una nueva razón indiscutible para confirmar aun más que «no da una a derechas». Así que apretaremos con más fuerza. El circulo cerrado esta servido.
Pongamos un ejemplo ficticio: Luisa sale con Miguel desde hace 4 años, Luisa es amiga nuestra de toda la vida. Hace unos dos años que no parece ni la sombra de la chica alegre y audaz que fue. Constantemente habla de su enésima pelea-ruptura-reconciliación con Miguel. Llevan así 3 años sin descanso. Siempre el mismo ciclo: Lo despelleja verbalmente cuando se pelean, lo justifica cuando se reconcilian y entre una fase y la siguiente, a veces, no pasan mas que un par de horas. Todos los amigos estamos de acuerdo en que «Tienen que dejarlo!». Sin duda, así es. Sin ninguna duda. Estamos en lo cierto, por unanimidad, y además lo hacemos por el bien de la salud mental de los dos: insisto: no hay duda!!. Cargamos nuestra verdad en la recamara, limpiamos el cañon de los argumentos, apuntamos a la frente de Luisa y una vez más (y van docenas) apretamos el gatillo de hacerle ver que debe dejarlo definitivamente. Por supuesto no lo conseguimos, o sólo lo conseguimos temporalmente. Lo que si conseguimos es hacerla sentir equivocada, dependiente, inútil; y ese objetivo lo logramos con una eficiencia sublime… Luisa al sentirse aislada, triste, herida por nuestras «sabias criticas», por supuesto, llama a Luis buscando consuelo.
Te invito a buscar un nuevo plan para que tu razón, además de ser cierta, sea efectiva. Que la utilices como un bálsamo para quien quieres aconsejar o criticar en lugar de como un tortazo. Te propongo hoy un Vino que reza en la etiqueta en catalán «profundo y complejo». Así es nuestro plan hoy, profundo y complejo. Oda – Castell del Remei 2008.  Busquemos para el «oda» un lugar tranquilo, al aire libre. Descorchemos y dejemos que el aire oxigene al vino. También a ti mismo. Piensa en el tema del cual llevas tanto tiempo defendiendo «razones» que, por supuesto, tienes. Piensa en el inacabable peloteo, como si de un partido de tenis se tratara, que llevas practicando con la persona «que se equivoca» durante tanto tiempo. Analiza que has conseguido cada vez que has tratado de inculcar tu razón en el otro.. Ha funcionado? No? habra que cambiar de perspectiva, tal vez. No puedes dejar de tener razón, pero puedes dejar de utilizarla como un arma que empeora el fallo del otro, en lugar de ayudarlo.
Vamos a por el primer contacto con nuestro «Castell del remei»: estamos en blanco, sin salida. Es como su capa, alta. Negando la trasparencia pero aportando brillos. Rojos picota destelleantes, violáceos enmarcando. Puede haber brillo en la opacidad!!! Piensa en la posibilidad de dar la libertad a esa persona importante pero equivocada de equivocarse sin ser atacada inmediatamente por ti. Déjala cometer su error otra vez pero esta vez sin saltar a su cuello con tu perfecta solución. Enfrenta el vino a nariz. Es intenso, ataca con la sabiduría de la madera. Poniendo memoria sensorial algo puede recordarte a esos lapices de madera de la infancia. Cuando no había razonamientos profundos y verdaderos y los conflictos duraban tan poco. Especias en tu olfato, el condimento pequeño pero necesario. El pequeño ingrediente que lo cambia todo. La especia podria ser tu actitud de cara a argumentar tu verdad. Al airear predominaran las frutas, su frescor  de ciruela, cacaos.
Prueba: es amplio, muy amplio. Puntos de acidez elevada que si te pillan desprevenido pueden resultar desagradables. Da igual, no lo juzgues aún. Es un vino estructurado, combina potencia alcohólica, tánica y ácida con un regusto largo y equilibrado. Pero su primera impresión puede ser un punto violenta. Calma!! déjale cometer ese primer error y veras como luego rectifica por si sólo minuto a minuto. Evoluciona por si solo, solo necesita de aire y un poco de tiempo. Tal vez tu amigo/a, pareja, hijo/a también. Tal vez corrija sus errores cobijado por la libertad de tu «no actuación» que por tus «clases magistrales» a cada error que comete. Tal vez escuchar con calma a ese vino es la clave para transcurridos unos minutos entender lo que quiere decir con eso de «profundo y complejo»… tu interlocutor también: no corrijas su fallo inmediatamente por mucho que sepas que se equivoca. Espera al momento adecuado y mientras tanto TOLERA. Disfruta de tu Oda, castell del remei y de lo útil que puedes ser para aquellos, que al contrario que tú, no son tan habiles encontrando la verdad. Al fin y al cabo, como dijo Eriksson, «desde nuestro punto de vista seguro que todos tenemos razón».
JR.
 
 

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